Otra vuelta al sol.
Amistad eterna, audios de WhatsApp y pactos que no caducan.
Los viernes eran los días favoritos de Ana.
Casi no había sido capaz de comer de los nervios. Llevaba tres semanas sin ir a casa de sus abuelos y, además, era el cumpleaños de su mejor amigo desde que tenía… Desde siempre. No recordaba un solo año en el que Toni no hubiera estado en su vida. Y de los años en los que no tenía recuerdos almacenados en su memoria, sus madres se habían encargado de que existieran suficientes fotos y vídeos como para avergonzarlos de por vida.
Los primeros pasos de él. Los de ella. Él, triste porque su padre ya no viviría en casa. Ella, dándole la mitad de su helado Mars porque no sabía qué decirle. Los dos en la piscina haciendo concursos de quién salpicaba más al tirarse al agua. Castigados porque los mayores habían descubierto que llevaban todo el invierno soltando en la piscina los peces que cogían del pantano. Sentados en el embarcadero escuchando al abuelo contar historias de cuando era joven. Escondidos debajo del Vaurien de la madre de ella.
—Creo que mi padre no me quiere —le dijo Toni cuando le pilló escondido en la orilla del pantano, con los ojos rojos.
—Pues vaya tonto, si eres el mejor. ¡Has sacado PA+ en todo, uno más que yo! Pero no llores, porque entonces me contagias, y mi tita dice que a las mujeres nos salen arrugas si lloramos.
—¿Y eso es malo? Tu abuelo tiene un montón.
—Pero él es un hombre.
—No lo entiendo.
—Ya, yo tampoco.
Cuando llegaron a casa de sus abuelos, Ana sonrió con la boca llena de felicidad. Ahí estaba su abuelo, esperando y saludando con los brazos en alto. La abuela estaba en el balcón con la bata de flores que se ponía para cocinar. Seguro que había hecho miles de cosas ricas para ellos. Se le hacía la boca agua solo de pensarlo. Miró hacia la última ventana a la derecha del cuarto piso. Había luz. Seguro que su amigo estaría haciendo deberes o aprendiendo algo con lo que sorprender a su padre el domingo, cuando comiera con él. Aunque nadie le haría demasiado caso y volvería triste a casa justo a tiempo para despedirse de su amiga. Entonces ella le recordaría que era el mejor, y que su padre era un tonto por no darse cuenta. Ninguno de los dos imaginaba que, años después, las tornas se darían la vuelta y sería ella la que lo llamaría llorando a moco tendido porque su padre también era el tonto.
Después de merendar y ver un capítulo de Embrujadas, por fin pudo subir a ver a su amigo. Toni abrió la puerta con una sonrisa. Aquel momento se había convertido en su favorito de la semana. También le gustaban los miércoles, porque cenaba pizza, pero nada como los viernes.
—¡¡¡Felicidades!!! —gritó mientras se lanzaba a abrazarlo—. Te he echado muchíiiiisimo de menos.
—Estás loca —contestó él, intentando disimular su sonrisa y mantener esa seriedad que fingía delante de los demás.
Con ella nunca colaba. Con ella nunca había servido intentar ser otra persona, porque ella sabía lo que pensaba. No necesitaba forzarse a explicar lo que había en su cabeza, Ana ya lo sabía. Con ella no había que esforzarse para que quisiera pasar tiempo con él. No necesitaba ser el hijo perfecto, ni el que mejor hablaba inglés, ni el que mejores notas sacaba. A ella le daba igual que fuera malísimo jugando al fútbol y nunca vio decepción en su cara, ni siquiera cuando pasaba el partido entero sentado en el banquillo.
Igual que a él le interesaban sus historias cuando le hablaba de un montón de niños a los que no conocía. Ana tenía muchos amigos, era extrovertida y divertida. Siempre sabía hacerlo reír y sabía un montón de cosas sobre animales. Con los años, ella cambiaría hasta ser casi irreconocible. Pero incluso en ese momento, seguirían el uno junto al otro. Unas veces para salir de fiesta y bailar hasta las tantas. Otras, para decirle lo guapa que era cuando ella no parecía ver lo mismo que él frente al espejo. O para recogerla en coche cuando necesitaba salir de casa e irse a comer gublins al parque. O para estar tumbados en el suelo, en silencio.
—¿Qué has aprendido esta semana? —le preguntó Ana. Siempre se contaban lo que habían aprendido. Aunque iban al mismo curso, era raro lo diferentes que eran las cosas que les enseñaban. Y ella no tenía que llevar ese estúpido uniforme que tanto odiaba.
—Que tenemos que casarnos cuando seamos mayores.
—¿Por qué? —preguntó ella con cara de curiosidad y extrañeza.
—Mi prima Cristina me ha dicho que ella se casará con Manuel porque es el elegido.
—¿Cómo se eligen los maridos? ¿Dónde?
—Dice que no se elige. Que pasa cuando encuentras a tu mejor amigo. Y tú eres mi mejor amiga.
—Nunca entenderé a los mayores, pero tú también eres mi mejor amigo.
—Entonces te elijo para casarme.
—Vale, pues yo también te elijo.
—Despierta, ya estamos llegando.
Abrió los ojos poco a poco. El sol le daba de lleno en la cara y tardó unos segundos en recordar dónde estaba. Una mano sobre su pierna, que conocía a la perfección. Giró la cara para ver a Juan sonriéndole.
—Ya estamos llegando, avisa a Toni para decirle que nos abra el garaje.
Toni. No podía evitar reírse cada vez que escuchaba ese nombre en boca de otros. Durante unos años intentó que le llamaran Antonio, porque tuvo una edad del pavo horrible cuando pegó el estirón y de repente todas las chicas del colegio empezaron a mirarlo y saludarlo. Al final todo volvió a su sitio, y asumió que con ella siempre sería Toni.
Sonrió al pensar en su sueño. Uno de los millones de recuerdos que guardaba en su cabeza. Más de veinte años después, volvía a sentir la misma alegría e ilusión por llegar y felicitar a su mejor amigo. Se sentía inmensamente afortunada por tenerlo en su vida.
Muchas cosas habían cambiado. Vivieron en la misma ciudad durante muchos años. Luego volvieron a separarse cuando él se fue a vivir a Madrid, y Madrid volvió a unirlos. Incluso vivieron juntos.
El abuelo ya no estaba para contar historias de cuando era joven, y a la abuela cada vez le costaba más recordar. Ella estaba tranquila consigo misma. Él ya no fingía ser quien no era. Ella ya no odiaba lo que veía en el espejo. Él había perdonado a su padre.
Juntos habían cruzado tormentas. Habían crecido. Habían llorado y reído. Ahora no estaban más de un día sin hablar, aunque fuera para contarse cualquier tontería que les hubiera pasado. Los audios de un segundo de ella, seguidos de otro de tres quejándose de que su teléfono le hacía parecer una boba porque enviaba los audios sólo. Los stickers de él con las fotos que le hacía a traición para seguir la tradición que empezaron sus madres de avergonzarlos de por vida.
Habían celebrado cada logro y compartido cada paso en el camino. A veces más cerca, otras un poco menos. Él en India, ella en Finlandia. Él en Japón, ella en Holanda. Pero nunca se sintieron lejos.
Pero no todo había cambiado. Uno siempre sabía lo que pensaba el otro sin hablar, y todavía pensaban casarse si se quedaban solteros. “Cuando seamos mayores”, decían. Porque si has nacido en los noventa, el tiempo se detuvo al cumplir los veinticinco y nunca serás mayor. Al menos no del todo.
Te quiero, hermano. Hasta la luna y vuelta, un millón de millones de veces.



