Cáceres.
extremaydura
La ciudad donde el tiempo decidió quedarse a vivir para siempre.
Hay ciudades que se visitan y ciudades que se respiran. Que se viven. No tengo ninguna duda de que Cáceres pertenece al segundo grupo. Porque no es solo un conjunto de piedras antiguas o un punto en el mapa extremeño, es una especie de milagro que ha sobrevivido al tiempo para recordarnos que la belleza, cuando es de verdad, no necesita filtros ni artificios.
Llegar a la capital cacereña es hacer un pacto con el tiempo. El primer aviso te lo dan las cigüeñas. Su crotorar desde lo alto de los campanarios y las torres es la verdadera banda sonora de la ciudad. Cuando pisas la Plaza Mayor y levantas la vista hacia el Arco de la Estrella, te das cuenta de que estás a punto de cruzar un umbral mágico. Al otro lado no hay un decorado de cartón piedra ni un museo al aire libre. Hay una ciudad viva que lleva siglos respirando entre adoquines. Y en ese momento te invade ese silencio cómplice de las ciudades que lo han visto todo y ya no tienen nada que demostrar.
El eco de las piedras.
Pasear por la Ciudad Monumental al atardecer, cuando la luz del sol baña la piedra y la tiñe de un dorado cálido, es leer ul diario de la humanidad escrito en sus muros. Cáceres es un milagro de la supervivencia, un lugar donde cada civilización que pasó decidió dejar su firma. Es fácil entender por qué la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad. Cada callejuela y cada rincón de sombra, guardan la memoria de quienes pasaron por allí.
Basta con apoyar la mano en algunos sillares para tocar la antigua Norba Caesarina que fundaron los romanos. Aquí se respira la fuerza de la muralla almohade y el poderío de los palacios renacentistas. Cuentan las piedras la historia de una nobleza rebelde. De familias enfrentadas que levantaban torres cada vez más altas para demostrar su poder. Hasta que Isabel la Católica, harta de tantas ínfulas, mandó desmocharlas casi todas. Es ese perfil recortado de la ciudad, salpicada de torres sin almenas, su firma más personal sobre la ciudad.
Pero la historia de Cáceres no es un cuento polvoriento en un libro de texto. Es el frescor del aljibe árabe de las Veletas en pleno verano extremeño. Es la solemnidad de la Concatedral de Santa María, y la hiedra que trepa testaruda por los muros de la Casa del Sol. Es también la Judería Vieja, el barrio de San Antonio, donde las callejuelas se estrechan y las casas se vuelven blancas, encaladas y humildes, contrastando con la soberbia de los palacios.
Un latido que no cesa.
Pero sería, y es, un error pensar que esta ciudad es solo nostalgia de espadas y capas. Cáceres vibra con fuerza. Las mismas plazas medievales donde antes caminaban caballeros se llenan cada primavera de ritmos del mundo durante el festival WOMAD. Demostrando que esta fortaleza de piedra es, en realidad, un crisol moderno y abierto al mundo.
Uno que se sume en un silencio sobrecogedor durante la Semana Santa, cuando el sonido de las cofradías retumba en las calles estrechas y te pone la piel de gallina. Seas creyente o no.
Donde la fantasía se hace realidad.
Y con un lienzo tan perfectamente conservado, ¿cómo no iba a fijarse el mundo entero en ella? No es de extrañar que cuando buscaron un lugar para dar vida a Desembarco del Rey, vinieran a parar aquí. Caminar hoy por la Cuesta de la Compañía o bajar las escalinatas empedradas, te hace mirar de reojo al cielo. Casi esperando ver la enorme sombra de un dragón Targaryen sobrevolando la Concatedral de Santa María.
No les hizo falta construir decorados. Las calles de Cáceres parecen sacadas de la mejor fantasía de Juego de Tronos. Ahora forman parte de ella. Hacen que te sientas un personaje más paseando por los mismos adoquines donde la ficción y la realidad se han dado la mano, imaginando conjuras de palacio a la vuelta de la esquina.
El sabor de lo nuestro.
Todo esto regado con el sabor de lo nuestro. Y es que no se puede entender Cáceres sin sentarse a su mesa. Es una tierra generosa que te acoge. La vida cotidiana aquí pasa por un tapeo a mediodía por los alrededores de San Juan o la Plaza Mayor.
El pimentón de la Vera pintando de rojo las migas de pastor. Es el cuchillo hundiéndose en la corteza de una Torta del Casar, dejando escapar el sabor a dehesa pura.
Es una ciudad que sabe cuidar de los suyos y de los que vienen de fuera, ofreciendo desde la comida más casera y humilde, hasta la alta cocina que hoy brilla con estrellas Michelin en el corazón del casco histórico.
Una reivindicación necesaria.
Extremadura ha sido, durante demasiado tiempo, la gran olvidada de este país. Lo sigue siendo. Y Cáceres, como capital de una provincia inmensa y rica, ha sufrido ese mismo silencio de lejanía. Esa desconexión del resto del país.
Quizás, viéndolo con perspectiva, ese aislamiento relativo la ha protegido. La ha salvado de convertirse en un parque temático saturado, y le ha permitido mantener su alma intacta, auténtica y cercana. Pero también ha hecho que se desprecie nuestra riqueza, que nuestra tierra se vacíe de juventud robándole el futuro. Pero hoy, Cáceres se levanta con un orgullo renovado. Es una ciudad que se deja querer, que se camina fácil y que te regala recuerdos.
Cáceres no necesita gritar para que la mires. Te invita a perderte por ella, a buscar la sombra en el jardín de Ulloa, a charlar con los vecinos que bajan a comprar el pan cruzando arcos de siglos de antigüedad.
Cáceres es una ciudad preciosa y honesta. Real. Es un refugio para los que buscan algo de verdad en un mundo de plástico. Es sencillez y riqueza a la vez. Es un lugar que no solo merece ser visitado, sino que merece ser disfrutado con los cinco sentidos. Porque en un mundo que cambia demasiado deprisa, pasear por Cáceres es el lujo maravilloso de saber que, pase lo que pase, la belleza y la historia siguen ahí, esperándote con los brazos abiertos.
Ojalá esto despierte aunque sea un poquito vuestra curiosidad por una tierra preciosa. Ojalá podáis entender, tocando sus muros, lo que he intentado haceros sentir. Ojalá valoremos la riqueza de la España vaciada, maltratada y olvidada. La España que cultiva, que cría, que genera el sector primario que sostiene todos los demás.
Si lo has leído entero, GRACIAS.







He publicado tu articulo en facebook diciendo que lo has edcrito en substack. Mi facebook es alberto gavilan merino y el enlace para ver tu publicacion es http://Bit.ly/caceres-pdf
por si quueres compartirlo, he cambiado letra y tutulos de otro color
Gracias por todo ana, muchas personas que estan lejos de esa gran comunidad te agradeceran y mucho el sentimiento que has puesto en cada palabra que recordaran cada rincon y cada piedra de sus dias antaños